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jueves, 27 de diciembre de 2012
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La gran mierda nos ataca y no sabemos como defendernos.
Hoy es el gran día, el día en que se hace tuyo el naufrago de la vergüenza, de las despedidas sin reencuentros, de las noches azotadas por estrellas nauseabundas que destruyen los fracasos acumulados como pelos en los peines. El día en que esa insignificante colilla apagada en mi mente vuelve a arder. Un arder apagado pero esperado.
No por nada sino por algo, el fin del principio que tanta oscuridad de la noche me ha robado, un sin fin de amaneceres calenturientos, apagados sólo por el poco agua que por las mañanas nos queda en el estómago, todavía anudado, jiñado de palabrotas sin sentido, de manifaceras poesías, palabras rotativas que no te llevan más que a cuatro feas serpientes deslizándose de arriba a abajo en una cueva sin paredes.
Sólo un sobre con su nombre por fuera en letras mayúsculas que dice en pocas palabras lo poco que se sabe y que sabemos sobre algo. Algo que no es, una cosa que vacía no tiene nada pero llena tampoco, qué ni se vacía porque está llena, ni se llena porque está vacía.
¿No dicen nada tus tripas, cuando por las mañanas oyen rugir con más fuerza que el día anterior a las vecinas de enfrente? Mil y un llorares de una pobre luciérnaga apoyada en el filamento de una asquerosa bombilla, que solo se enciende cuando a ti no te da la gana. Pero peor aún es encontrarse y perder entonces toda la gracia que tiene el juego de enrollarte con el gusano que vive encima de ti.
No se es como se quiere ser, sino como los demás no quieren que seas, ni como quieras querer ser, porque el día que seas como tú quieras, serás lo que no puedas ser. Y si no que me lo pregunten a mí, que no te lo respondería.
viernes, 15 de enero de 2010
IMAGINACIÓN
Cuenta una antigua leyenda que, en la Edad Media, un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a su mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente en el reino y por eso, desde el primer momento, se procuró encontrar un chivo espiatorio para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas posibilidades de escapar al terible veredicto: LA HORCA.
El juez, también en complot, cuidó no obstante de dar todo el aspecto de un juicio justo. Por lo que le dijo al acusado:
"Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor vamos a dejar en manos de él tu destino. Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras CULPABLE E INOCENTE. Tú escogeras y será la mano de Dios la que decida tu destino."
Por supuesto el mal funcionario había preparado dos papeletas con la misma leyenda: CULPABLE, pero el hombre virtuoso, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria.
El juez invitó al hombre a tomar uno de los dos papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados, y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse abrió los ojos y con una extraña sonrisa en los labios, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rapidamente.
Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon de modo airado:
-Pero...¿Qué hizo?.... y ¿ahora cómo vamos a saber cuál ha sido el veredicto?
-Es muy sencillo, respondió el hombre... Es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragé.
Con rezongos y bronca mal disimulada, debieron liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.
MORALEJA: Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida ni de luchar hasta el último momento.
Se creativo. Cuando todo parezca perdido, trata siempre de usar la imaginación.
"En los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento". Albert Einstein.
martes, 8 de abril de 2008
LA ZORRA Y EL TAMBOR


Una zorra, obligada por el hambre, merodeaba en un bosque para proporcinarse alguna caza. Divisó un gallo, provisto de bella cresta y de hermoso plumaje, y que andaba orgulloso, rodeado de un crecido número de gallinas.
Se puso en acecho para obrar de modo que no se le escapara el gallo. En aquel momento oyó un extraño ruido y, volviendo la cabeza, vio un tambor atado a un árbol, cuyas ramas, agitadas por el viento golpeaban la piel del instrumento, produciendo un ruido espantoso.
-¡Oh, oh! -se dijo la zorra-; ese animal que hace tanto ruido debe eser mucho más excelente manjar que aquel gallo que ya es viejo.
Dejó, pues, de acechar al gallo, salió de su emboscada para ir derecha al árbol, y por él trepó con mucha dificultad. Saltó sobre el tambor y lo mordió con sus dientes; pero dentro de él no encontró más que viento.
Despechada, se bajó del árbol para correr detrás del gallo; pero éste se había puesto a salvo con las gallinas.
-¡Que desgraciada soy! -dijo la zorra harto confusa-, me he dejado seducir por una cosa que se ha desvanecido engañosamente. Mi almuerzo ha huido y no he encontrado en ese tambor hueco lo que producía tanto alboroto. No puede uno fiarse de las apariencias: ya lo sé para el porvenir.
Vedas, Puranas, Mahabharata,
Ramayana, Sakuntala, fábulas
y apólogos... INDIA SAGRADA
Ramayana, Sakuntala, fábulas
y apólogos... INDIA SAGRADA
sábado, 29 de marzo de 2008
SÓLO POR AMOR
Camino por mi camino.
Mi camino es una ruta con un solo carril: el mío.
A mi izquierda, un muro eterno separa mi camino del camino de alguien que transita a mi lado, al otro lado del muro.
De vez en cuando, en este muro encuentro un agujero, una ventana, una hendidura... Y puedo mirar hacia el camino de mi vecino o vecina.
Un día, mientras camino, me parece ver, al otro lado del muro, una figura que transita a mi ritmo, en mi misma dirección.
Miro esa figura: esa mujer. Es hermosa.
Ella también me ve. Me mira.
La vuelvo a mirar.
Le sonrío... Me sonríe.
Un momento después, ella sigue su camino y yo apuro el paso porque espero ansiosamente otra oportunidad para cruzarme con esa mujer.
En la siguiente ventana me detengo un minuto.
Cuando ella llega, nos miramos a través de la ventana.
Le digo con señas lo mucho que me gusta.
Me contesta con señas. No sé si significan lo mismo que las mías, pero intuyo que ella entiende lo que quiero decirle.
Siento que me quedaría un largo rato mirándola y dejándome mirar, pero sé que mi camino continúa...
Me digo que, quizá, más adelante en el camino habrá seguramente una puerta. Y a lo mejor yo puedo cruzarla para encontrarme con ella.
Nada da más certeza que el deseo, así que me apuro para encontrar la puerta que imagino.
Empiezo a correr con la vista clavada en el muro.
Un poco más adelante, la puerta aparece.
Allí está , al otro lado, mi ahora deseada y amada compañera. Esperando... Esperándome...
Le hago un gesto. Ella me devuelve un beso en el aire.
Me hace una seña como llamándome. Es todo lo que necesito. Avanzo contra la puerta para reunirme con ella, a su lado del muro.
La puerta es muy estrecha. Paso una mano, paso el hombro, hundo un poco el estómago, me retuerzo un poquito sobre mí mismo, casi consigo pasar mi cabeza...
Pero mi oreja derecha se queda atascada.
Empujo.
No hay forma. No pasa.
Y no puedo usar mi mano para retorcerla, porque no podría poner un dedo allí...
No hay espacio suficiente para pasar con mi oreja, así que tomo una decisión... (Porque mi amada está allí, y me espera).
(Porque es la mujer con la que siempre soñé y me está llamando...)
Saco una navaja de mi bolsillo y, de un solo tajo rápido, me atrevo a darme un corte en la oreja para que mi cabeza pase por la puerta.
Y lo consigo: mi cabeza consige pasar.
Pero, después de mi cabeza, veo que es mi hombro el que queda atrapado.
La puerta no tiene la forma de mi cuerpo.
Hago fuerza, pero no hay remedio. Mi mano y mi cuerpo han pasado, pero mi otro hombro y mi otro brazo no pasan...
Ya nada me importa, así que...
Retrocedo, y sin pensar en las consecuencias, tomo impulso y fuerzo mi paso por la puerta.
Al hacerlo, el golpe desarticula mi hombro y el brazo queda colgado, como sin vida. Pero ahora, afortunadamente, en una posición tal que puedo atravesar la puerta...
Ya casi estoy al otro lado.
Justo cuando estoy a punto de terminar de pasar por la hendidura, me doy cuenta de que mi pie derecho se ha quedado enganchado al otro lado.
Por mucho que me esfuerzo y me esfuerzo, no consigo pasar.
No hay forma. La puerta es demasiado angosta para que mi cuerpo entero pase por ella.
Demasiado angosta: no pasan mis dos pies...
No lo dudo. Estoy ya casi al alcance de mi amada.
No puedo echarme atrás... Así que, agarro el hacha y, apretando los dientes, doy el golpe y desprendo la pierna.
Ensangrentado, a saltos, apoyado en el hacha y con el brazo desarticulado, con una oreja y una pierna menos, me encuentro con mi amada.
-Aquí estoy. Por fin he pasado. Me miraste, te miré, me enamoré. He pagado todos los precios por ti. Todo vale en la guerra y en el amor. No importan los sacrificios. Valían la pena si eran para encontrarse contigo, para poder seguir juntos... Juntos para siempre...
Ella me mira mientras se le escapa una mueca.
-Así no, así no quiero... A mi me gustabas cuando estabas entero.
Mi camino es una ruta con un solo carril: el mío.
A mi izquierda, un muro eterno separa mi camino del camino de alguien que transita a mi lado, al otro lado del muro.
De vez en cuando, en este muro encuentro un agujero, una ventana, una hendidura... Y puedo mirar hacia el camino de mi vecino o vecina.
Un día, mientras camino, me parece ver, al otro lado del muro, una figura que transita a mi ritmo, en mi misma dirección.
Miro esa figura: esa mujer. Es hermosa.
Ella también me ve. Me mira.
La vuelvo a mirar.
Le sonrío... Me sonríe.
Un momento después, ella sigue su camino y yo apuro el paso porque espero ansiosamente otra oportunidad para cruzarme con esa mujer.
En la siguiente ventana me detengo un minuto.
Cuando ella llega, nos miramos a través de la ventana.
Le digo con señas lo mucho que me gusta.
Me contesta con señas. No sé si significan lo mismo que las mías, pero intuyo que ella entiende lo que quiero decirle.
Siento que me quedaría un largo rato mirándola y dejándome mirar, pero sé que mi camino continúa...
Me digo que, quizá, más adelante en el camino habrá seguramente una puerta. Y a lo mejor yo puedo cruzarla para encontrarme con ella.
Nada da más certeza que el deseo, así que me apuro para encontrar la puerta que imagino.
Empiezo a correr con la vista clavada en el muro.
Un poco más adelante, la puerta aparece.
Allí está , al otro lado, mi ahora deseada y amada compañera. Esperando... Esperándome...
Le hago un gesto. Ella me devuelve un beso en el aire.
Me hace una seña como llamándome. Es todo lo que necesito. Avanzo contra la puerta para reunirme con ella, a su lado del muro.
La puerta es muy estrecha. Paso una mano, paso el hombro, hundo un poco el estómago, me retuerzo un poquito sobre mí mismo, casi consigo pasar mi cabeza...
Pero mi oreja derecha se queda atascada.
Empujo.
No hay forma. No pasa.
Y no puedo usar mi mano para retorcerla, porque no podría poner un dedo allí...
No hay espacio suficiente para pasar con mi oreja, así que tomo una decisión... (Porque mi amada está allí, y me espera).
(Porque es la mujer con la que siempre soñé y me está llamando...)
Saco una navaja de mi bolsillo y, de un solo tajo rápido, me atrevo a darme un corte en la oreja para que mi cabeza pase por la puerta.
Y lo consigo: mi cabeza consige pasar.
Pero, después de mi cabeza, veo que es mi hombro el que queda atrapado.
La puerta no tiene la forma de mi cuerpo.
Hago fuerza, pero no hay remedio. Mi mano y mi cuerpo han pasado, pero mi otro hombro y mi otro brazo no pasan...
Ya nada me importa, así que...
Retrocedo, y sin pensar en las consecuencias, tomo impulso y fuerzo mi paso por la puerta.
Al hacerlo, el golpe desarticula mi hombro y el brazo queda colgado, como sin vida. Pero ahora, afortunadamente, en una posición tal que puedo atravesar la puerta...
Ya casi estoy al otro lado.
Justo cuando estoy a punto de terminar de pasar por la hendidura, me doy cuenta de que mi pie derecho se ha quedado enganchado al otro lado.
Por mucho que me esfuerzo y me esfuerzo, no consigo pasar.
No hay forma. La puerta es demasiado angosta para que mi cuerpo entero pase por ella.
Demasiado angosta: no pasan mis dos pies...
No lo dudo. Estoy ya casi al alcance de mi amada.
No puedo echarme atrás... Así que, agarro el hacha y, apretando los dientes, doy el golpe y desprendo la pierna.
Ensangrentado, a saltos, apoyado en el hacha y con el brazo desarticulado, con una oreja y una pierna menos, me encuentro con mi amada.
-Aquí estoy. Por fin he pasado. Me miraste, te miré, me enamoré. He pagado todos los precios por ti. Todo vale en la guerra y en el amor. No importan los sacrificios. Valían la pena si eran para encontrarse contigo, para poder seguir juntos... Juntos para siempre...
Ella me mira mientras se le escapa una mueca.
-Así no, así no quiero... A mi me gustabas cuando estabas entero.
Jorge Bucay
Cuentos para pensar
Cuentos para pensar
miércoles, 12 de marzo de 2008
LA TRISTEZA Y LA FURIA
En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...
Había una vez...
un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.
Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida -sin saber por qué-, se bañó rapidamente y, más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró...
Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza...
Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa -o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se dió cuenta de que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristezaa no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.
Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfráz, y que detrás del disfráz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.
En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...
Había una vez...
un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.
Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida -sin saber por qué-, se bañó rapidamente y, más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró...
Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza...
Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa -o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se dió cuenta de que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristezaa no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.
Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfráz, y que detrás del disfráz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.
Jorge Bucay
Cuentos para pensar
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